ELEMENTOS ECONOMICOS (2ª PARTE)- Jon Ibaia-militante de Herri Gorri

4.- ALGUNOS MITOS DEL PROGRAMA ECONOMICO REFORMISTA
El aumento de la pobreza, de las desigualdades sociales es una evidencia empírica que debe ser abordada como parte de un programa que exija un mínimo de “justicia social”. El modo de producción capitalista, no entiende de justicia social, de igualdades y/o desigualdades, o de pobreza. El capitalismo constituye una estructura de explotación de fuerza de trabajo con la que se produce un plusvalor, es decir, el capital se valoriza y eso es lo importante. En la denominada “era dorada del capitalismo”, se encadenó prácticamente treinta años de crecimiento económico, Estado de Bienestar y tendió a la reducción de las desigualdades sociales en el ámbito de los Estados capitalistas centrales. De manera simultánea, el keynesianismo y la socialdemocracia, nunca demostraron demasiada preocupación por la simultánea sobreexplotación de la periferia y la semiperiferia del sistema capitalista mundial. Eran tiempos en los que la lucha de clases era alimentada por la existencia del “socialismo real”, por una alternativa “al otro lado” y la socialdemocracia y el eurocomunismo, fueron el precio político a pagar por el capital, para garantizar sus condiciones de reproducción ampliada.
En el contexto actual, el reformismo aborda el problema de la pobreza y las desigualdades sociales, con propuestas que parecen irrefutables. Irrefutables porque se enmarcan dentro de lo posible, de lo concebible incluso por el sentido común de trabajadores y trabajadoras bajo explotación y sobreexplotación. La crisis económica del 2008, fue caracterizada como una desviación del camino entre la conciliación entre clases, de los desmanes de especuladores, ladrones y egoístas. Incluso la denominaron “crisis financiera”, cuando en realidad la financiarización del capitalismo, era producto de la sobreacumulación.
Desde la imposibilidad de abordar la raíz estructural de la crisis económica, puesto que implicaría una crítica al propio capitalismo como modo de producción, que debe cumplir con el ciclo D-M-D´, el reformismo nos habla de las bondades de la “economía productiva”, frente a la de los “especuladores”. También tienen soluciones razonables, como las de intentar asimilar el keynesianismo como opción progresista del capitalismo, sin entender que el keynesianismo fue un producto de un contexto histórico determinado.
Por ello, nos entretienen con conceptos novísimos como “rentas básicas” para todos y todas los ciudadanos, aumento del gasto público, como palanca de recuperación de la demanda y nuevas políticas fiscales, en las que “quien más tiene, más paga”. Pero han llegado tarde. Lógicamente, estas medidas, significarían una solución en el corto plazo, al menos en apariencia, a los sectores más golpeados por la crisis. Pero están guiadas por una lógica que, incluso asumiendo la bondad de los objetivos, conducen a un nuevo callejón sin salida.
Marx ya se encargó de refutar a Sismondi, que no es el consumo el elemento determinante de la dinámica capitalista. Pero políticas de este tipo, son muy adecuadas para las opciones reformistas que tratan de conciliar capital y trabajo. La lógica parece aplastante:
1.-no hay crecimiento económico, ni se crea empleo, porque no hay consumo.
2.-el consumo debe ser reactivado, para lo que se “subvenciona” a los consumidores privados (las familias), que están desempleados, precarizados o con salarios insuficientes. La Renta básica sería, por tanto, una subvención al consumo, transformada en un derecho social fundamental.
3.-de otra parte, tenemos el otro factor fundamental del consumo, que es el sector público, creando empleo o acometiendo gastos de diferente tipo.
4.-Estas políticas que harían aumentar la demanda, generarían una reactivación de la oferta, poniendo en marcha la inversión y la creación de empleo, esta inversión y este empleo, alentaría mayor consumo y, por tanto, entraríamos en una nueva fase de crecimiento sostenido.
Una lógica aplastante… que conduce a un retorno de la “derecha” al poder. Una lógica aplastante que no tiene en cuenta que es la inversión el núcleo central de la dinámica económica. Son las expectativas de ganancia y de valorizar el capital lo que determinan la inversión, lo que es lo mismo que afirmar, que el propietario y el gestor del capital, es el que determina las condiciones de valorización del capital.
Una renta básica generalizada, no es una utopía, sino una absoluta quimera. Su implantación supondría, ciertamente, un aumento del consumo de las familias y ciertos sectores económicos, se beneficiarían en el corto plazo. Pero el problema reside en que no nos encontramos en una crisis y en una recesión producto del subconsumo. Un análisis de la evolución de los componentes del Producto Interior Bruto, nos muestran que el consumo privado, no se ha visto gravemente afectado por la crisis ni la recesión. Ha sido el gasto público y sobretodo la inversión, los que se han derrumbado.
Por tanto, los efectos de una medida de estas características, conducirían a un grave problema de déficit fiscal y a un mayor sobre-endeudamiento de las ya maltrechas cuentas públicas. Y ello, precisamente, porque el problema estructural del capitalismo, es la sobreacumulación y el carácter determinante de quien toma las decisiones sobre dónde, cómo, cuándo y qué invertir. Y el reformismo en ningún momento cuestiona este hecho.
El endeudamiento, en el marco de la Unión Europea en el que –al menos de momento- nos encontramos, es castigado de manera inmisericorde y sabemos al final quién termina pagándolo. Por lo tanto, somos los comunistas los que debemos acusar a los reformistas de todo pelaje, de aventureros, irresponsables y utópicos.
Y no, el problema ni mucho menos se resuelve con un cambio en la política fiscal, que pudiera compensar la subvención del consumo salarial, ya que una transformación de la política recaudatoria, agudizaría los problemas de valorización del capital, e incluso retraería la inversión y generaría posibilidades de deslocalizaciones empresariales y de capitales, hacia otros espacios que podrían ofrecer exenciones y ventajas competitivas, precisamente porque al final, el problema es el propio capitalismo, de quién gestiona el capital y determina las condiciones de su valorización.
En lo que se refiere al “gasto público”, como creador de empleo y de actividades económicas que lo activen, el reformismo muestra su tendencia a mitificar “lo público”, como si el Estado y sus diferentes instituciones y administraciones, fueran un ente por encima de las clases sociales y sus antagonismos. El gasto público bajo el capitalismo, puede ser tan inútil, disfuncional y dilapidador de recursos públicos, como los Plan E del gobierno Zapatero, o la Y de la CAV; también puede llegar a promover un desarrollo de las fuerzas productivas, invirtiendo en I+D+I, con características funcionales para el proceso de acumulación. En realidad, los comunistas consideramos irrelevantes estas variables, en tanto que el Estado es una estructura al servicio de la reproducción social del capitalismo, y sabemos también que en un contexto como el de la Unión Europea y el euro, lo público está desprovisto de capacidad de ejercer de palanca de inversión o de expansión económica, al estar subordinadas la política monetaria y los límites del gasto de las administraciones, a los límites del imperialismo central franco-alemán.
Ninguna crisis económica, de las numerosas y recurrentes que ha tenido el capitalismo a lo largo de su historia, ha sido superada mediante otra vía que no sea la de intensificar la explotación y la opresión. Los reformistas y las izquierdas sistémicas mienten cuando afirman que la crisis y la recesión que los pueblos trabajadores sufrimos desde el año 2008, pueden ser superadas con políticas que signifiquen mayor bienestar social. Mienten porque el problema estructural de sobreacumulación del capitalismo, sólo puede ser corregido mediante una desvalorización intensiva de la fuerza de trabajo, incluso por debajo del valor de reproducción de su fuerza de trabajo, por una destrucción de capacidad productiva instalada, y con una desvalorización de los activos financieros existentes.
En ese transcurso, incluso podremos asistir, como en la coyuntura actual, a repuntes macroeconómicos, pero el capital seguirá apalancado en los mercados financieros, donde aún hoy puede valorizarse de manera más rentable bajo la forma de capitales ficticios, y produciendo plusvalor en condiciones de explotación absoluta. Porque recordemos que, por mucho que se hayan expandido los mercados financieros, por muy abrumadoras que sean las cifras de los capitales ficticios bajo las más intrincadas formas de ingeniería financiera, el núcleo del capitalismo, su infraestructura, sigue siendo el proceso D-M-D´ y las relaciones de producción antagónicas que de él deriva.

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