El marxismo-leninismo y la combinación de todas las formas de lucha. (por Julio Cota)

Extraido de El Comunista (Órgano del Comité Central del Partido Comunista de México)

http://elcomunista.nuevaradio.org/?p=1647

________________________________

Hoy cuando el sistema capitalista en su fase imperialista se encuentra en su crisis más aguda y prolongada de su historia, cuando en varias partes del mundo la insurgencia obrera avanza hacia la confrontación más directa entre capital y trabajo, es pertinente debatir la cuestión de la toma del poder mediante el uso de la violencia revolucionaria. Hoy cuando el sistema capitalista evidencia su incapacidad histórica para resolver sus problemas inherentes como el hambre, el desempleo, la falta de vivienda, la conservación del medio ambiente y la paz; es necesario debatir si el capitalismo puede ser reformado o debe ser derrocado. ¿Reformado con medidas neokeynesianas, a través de nuevas gestiones socialdemócratas, de gobiernos progresistas y de “izquierda” mediante el aval y consenso de los monopolios que simulan procesos democráticos electorales? o ¿Derrocado mediante procesos de ruptura, de creación de nuevas formas de poder obrero y popular fuera de los marcos de la legalidad burguesa mediante el uso de la violencia revolucionaria? El dilema no es o lucha armada violenta o vía electoral pacífica sino: ¿Cuáles deben ser los criterios de los revolucionarios para utilizar cada una de estas formas de lucha?

Un principio de los comunistas y revolucionarios es el de la combinación de todas las formas de lucha, sabiendo en todo momento cuál es la principal en los diferentes periodos de la lucha de clases. Es decir, los comunistas no excluimos el uso del parlamento, la vía electoral, la lucha pacífica y política de manera abierta como tampoco descalificamos, por principios, la lucha armada. Por ende cabe decir que la lucha armada no sólo es una forma defensiva que impone el enemigo mediante su violencia hacia los explotados, sino que es un principio real y objetivo para ejercer la voluntad de los oprimidos para su emancipación. Esto no es un dogma como los reformistas y detractores del marxismo leninismo señalan, sino un principio de la lucha de clases en la resolución de las contradicciones políticas y sociales entre clases antagónicas. La lucha de clases no sólo es política e ideológica sino inherentemente es una lucha militar en donde cada una de las partes ejerce sus medios para desarmar a su enemigo e imponer su voluntad. Esto no sólo lo demuestran los pensadores del socialismo científico como Marx, Engels y Lenin sino sobre todo, cientos de pensadores militares de las clases dominantes a través de la historia de la humanidad. Por ello los comunistas debemos ser muy claros en este sentido, la violencia que ejercen los explotados por su liberación, no puede ser enjuiciada desde los conceptos morales de una cultura y sociedad burguesa en la cual sus bases económicas, políticas, ideológicas y jurídicas, están sustentadas en el despojo de los trabajadores y su dominación mediante la violencia estructural.

Para los comunistas es claro que la violencia revolucionaria no sólo “es la partera de la nueva sociedad”, sino que es ante todo, un acto de legitimidad que tienen los oprimidos llegado el momento en la historia para arrebatar el poder político y económico a sus opresores. La desaparición de la propiedad privada sobre los medios de la producción que origina la división entre clases sociales y sus antagonismos y por ende la violencia, hasta ahora no ha sido mediante una conciliación y acuerdos duraderos. Las leyes sociales y políticas dentro del régimen burgués contienen pactos momentáneos entre las clases para mantener periodos relativos de paz social, que son en realidad momentos de preparación para la guerra. Sin embargo, esto no quiere decir que el Estado sea un garante para hacer cumplir esta legalidad y la conciliación entre clases. Por el contrario, los comunistas estamos claros de que el Estado es un aparato de dominación de una clase sobre otra, y hoy quienes dominan son la oligarquía y los monopolios. Por ende no es de sorprendernos que la corrupción y la impunidad muestren de qué lado está la justicia. En los ciclos del capitalismo donde las crisis de sobreproducción y sobreacumulación son inherentes y cada vez con mayor frecuencia y con mayor durabilidad, la tendencia del Estado burgués es hacia la represión, el encarcelamiento, el asesinato y la desaparición forzada con métodos legales e ilegales hacia las clases explotadas quienes luchan por un mundo mejor. Por eso los comunistas no podemos aceptar que la violencia sea únicamente la agresión física de los cuerpos policiacos, militares y paramilitares del Estado, sino también y de manera fundamental el desempleo, la falta de poder adquisitivo, la miseria, la falta de acceso a los servicios de salud y educación; una situación casi naturalizada e imperceptible que forma parte de la violencia estructural del capitalismo.

En ese sentido, la violencia revolucionaria no es un invento, un dogma o un único método con el cuál los comunistas pregonamos nuestro trabajo político. En la historia de la humanidad, en los hechos y en la realidad contemporánea, las clases oprimidas, con los comunistas o sin ellos, han arrebatado el monopolio de la violencia a quienes durante ciertos periodos de tiempo han ejercido para mantener sus privilegios de clase y su dominación. El marxismo leninismo ha sintetizado estas experiencias históricas y de manera clara y franca señala que esa violencia inherente de los explotados debe ser organizada y dirigida con el fin de acabar la misma violencia, no como un efecto sino su causa: el sistema capitalista, la propiedad privada de los medios de producción y la división de clases sociales. Es decir los comunistas no somos unos apologistas de la violencia como reacción a la violencia; somos por el contrario, organizadores políticos de las formas y métodos de lucha que los mismos explotados han desarrollado de manera casi intuitiva pero creativa para lograr romper las lacerantes cadenas de la miseria, la explotación y la represión que ejercen hoy los monopolios. Esto no significa decirle a nuestro pueblo que para obtener cambios verdaderos desde la raíz, es sólo posible mediante una aplastante masa de seguidores de un proyecto político, sino que es un deber y una necesidad contar con un instrumento militar organizado y subordinado a dicho proyecto político que respalde no sólo la voluntad de los oprimidos sino que también venza la voluntad de los explotadores. Ganar las conciencias de la clase obrera y de las capas explotadas con un proyecto político sin un instrumento que respalde esa voluntad, es llevar a nuestra clase a una derrota y una tragedia porque hasta ahora la experiencia histórica nos muestra que las clases dominantes no vacilan en utilizar los medios violentos para conservar sus privilegios.

Los marxistas leninistas analizamos de manera dialéctica la realidad y sus contradicciones, por ello declaramos que las formas de la lucha política y pacífica no deben excluir las formas de lucha violenta y armada. Renunciar a una de ellas de forma tajante sin conocer su esencia y papel en la lucha de clases es ser dogmático. Dichas formas de lucha no son excluyentes, pero no podemos renunciar a ninguna de ellas, como tampoco podemos ejercerlas al mismo tiempo como el revisionismo armado lo hace, o condenando la violencia revolucionaria como lo hace el oportunismo electoral y el pacifismo pequeñoburgués. Hasta ahora los representantes del oportunismo hacen del parlamentarismo y las elecciones un dogma. Los representantes del reformismo proponen limar la uñas de la fiera del capital con medidas keynesianas y el retorno de derechos sociales y laborales hoy eliminados. Los representantes del revisionismo armado o civil reniegan del papel de la violencia organizada para la toma del poder por parte de la clase obrera. Mientras el ultraizquierdismo y el anarquismo hacen de la acción directa su forma de lucha principal desligada de las masas y sin una estrategia más o menos coordinada. Sin embargo, todos ellos comparten algo en común, excluyen formas de lucha de la clase obrera históricas sin saber cuál es la forma de lucha principal, según el análisis concreto de la realidad concreta.

Sin embargo, en tiempos de crisis económica y política del capitalismo, éste se vuelve más violento y sus formas principales de acumulación de capital son mediante la desvaloración de la fuerza de trabajo y la extracción de plusvalía de millones de obreros, así como el despojo de territorios mediante la violencia para ocuparlos, destruirlos y reconstruirlos según los intereses del capital. En el mundo capitalista, el Estado democrático burgués al servicio de los monopolios y las oligarquías, ejerce al interior de los distintos países la mayor represión hacia la clase obrera y capas explotadas que resisten las medidas antiobreras y antipopulares. Al exterior los estados capitalistas más desarrollados económicamente ejercen la ocupación de otros estados naciones, mientas que otros estados menos desarrollados colaboran financiera y militarmente con las potencias económicas dependiendo su posición en la pirámide imperialista.

Ante este panorama, recordemos que la contrarrevolución en la URSS no sólo fue una derrota momentánea para los comunistas y revolucionarios sino para toda la clase obrera mundial. La agresividad del imperialismo hacia los pueblos fue devastadora en Europa, Asia y África. No obstante, en América Latina vivimos en los últimos 20 años una resistencia a la implementación de políticas económicas que a sangre y fuego benefician solo a los monopolios. Por un pequeño lapso de tiempo las medidas antimperialistas de los llamados procesos progresistas y bolivarianos resistieron la embestida del capital. Sin embargo, hoy dichos procesos se ven amenazados al no radicalizar su política a favor de la clase obrera y realizar una ruptura con las leyes mercantiles y económicas del capitalismo, ganar a las mayorías trabajadoras, aislar a los sectores reaccionarios y ejercer la violencia revolucionaria contra los explotadores mediante la creación de un Estado obrero y campesino verdaderamente de carácter socialista. Los casos de procesos de este tipo de gestiones del capitalismo ya están dando estragos en Venezuela, Brasil, Ecuador, Argentina, Bolivia, El Salvador y Nicaragua.

Hasta esos momentos en América Latina Cuba socialista y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Ejército del Pueblo (FARC-EP), eran las fuerzas fundamentales que mantenían la bandera del socialismo pese a toda la maquinaria militar, económica e ideológica del imperialismo y no sólo de los EEUU. Como sabemos la insurgencia colombiana surgió de la necesidad de la indefensión de un pueblo ante la represión y la violencia exacerbada de un Estado Colombiano que hasta hoy en día sirve a las oligarquías para imponer sus intereses a sangre y fuego. Durante más de 50 años las FARC-EP resistieron heroicamente junto a su pueblo la guerra desigual en términos militares, económicos e ideológicos que el imperialismo impuso sobre nuestro continente. Sin embargo, después de cuatro años de proceso de paz en la Habana, Cuba, las FARC-EP han acordado una serie de medidas que son preocupantes para muchos revolucionarios en el mundo. Los acuerdos pactados entre el Estado colombiano y las FARC-EP abren un debate en torno a la vigencia de la violencia revolucionaria para la toma del poder; pero también una preocupación para muchos quienes de manera pública y fraterna apoyamos a la insurgencia colombiana en sus momentos más difíciles sin importar los riesgos. Las preguntas y las preocupaciones son en el sentido más fraternal y camaraderil entre los revolucionarios y no como el oportunismo vil que hoy dice respaldar a las FARC-EP en sus decisiones, siendo que meses atrás condenaba a esta organización e incluso aceptaba los calificativos dictados por el imperialismo como el de “narco-terroristas”. En ese sentido, es necesario abrir un debate en torno al papel de la violencia revolucionaria como medio para la toma del poder y el socialismo. Un debate necesario y urgente en los términos más respetuosos de la crítica y la autocrítica que caracteriza a los comunistas.

En ese contexto, cuando el Estado Mayor Central de las FARC-EP habla acerca de la “dejación de las armas”, un acuerdo preocupante toda vez que la memoria histórica nos remonta al proceso de exterminio que ejerció el Estado colombiano contra miles los dirigentes y militantes de la Unión Patriótica en los años 80 del siglo pasado. Un proceso noble, civil y pacífico que las FARC-EP y la insurgencia colombiana apostó con la mejor disposición para realizar política sin el uso de las armas. Esto sin contar la experiencia histórica contemporánea de otros procesos latinoamericanos en donde las fuerzas revolucionarias han dado paso a los procesos de paz sin que a largo plazo se hayan obtenido cambios sustanciales en torno al socialismo. Por el contrario, la experiencia histórica nos dice que de una parte de estos procesos pacificadores como en El Salvador, Nicaragua o Venezuela, que en el desarrollo de la lucha política y pacífica, han llevado a los pueblos latinoamericanos y las clases oprimidas a legitimar y fortalecer, de una manera u otra, el régimen de la democracia representativa y las relaciones mercantiles del capitalismo. Por otro lado, ante la derrota electoral de las fuerzas progresistas, lo que ha sido una constante es la conformación de gobiernos más reaccionarios en varios países de Latinoamérica. Es cierto que en periodos relativos de la lucha de clases, los procesos progresistas o bolivarianos han mejorado la calidad de vida de las clases desposeídas, sin embargo hoy la tendencia es contraria, el imperialismo avanza a pasos agigantados en América Latina mediante una serie de artimañas abiertas o encubiertas que ponen a las fuerzas revolucionarias en un repliegue a pesar de poder golpear con mayor contundencia al imperialismo ante la crisis más aguda y prolongada del sistema capitalista en el mundo.

Por otro lado, ¿Cuáles son las garantías de que los aparatos paramilitares y la mafia internacional de las bandas de narcotraficantes sean desmontadas en Colombia y éstas no ejerzan su violencia en contra del pueblo colombiano? Es demasiado riesgoso confiar, en el mejor de los casos, que las bandas paramilitares al servicio de los monopolios, financiados y creados por políticos de la reacción colombiana, no ejercerán su capacidad de fuego contra quienes tienen un proyecto político que atenta contra el negocio de las armas, de los privilegios y de quienes los auspician. ¿Cómo creer que las mafias de narcotraficantes no ganarán fuerza en las zonas desmovilizadas por la insurgencia, llevando al campesinado pobre a la producción de coca al no ver resueltas de manera inmediata sus necesidades de trabajo y recursos? ¿Cómo confiar en organismos nada neutrales y pro imperialistas como la ONU, que desde la contrarrevolución en la URSS ha sido un órgano internacional a favor de los monopolios, que incluso ha violado sus mismos protocolos en torno a los derechos humanos como lo demuestran recientes casos en Haití y otros países en África y Medio Oriente? ¿Cómo confiar en las leyes y acuerdos de un Estado Colombiano que sigue atentando contra esfuerzos políticos y pacíficos como el de la Marcha Patriótica, en el que sus dirigentes y militantes han sido asesinados, encarcelados con impunidad del Estado Colombiano, sin que ninguno de estos casos se haya esclarecido y llevado ante la justicia?

Hoy como ayer las voces y las plumas del oportunismo y del reformismo señalan como un dogma el ejercicio de la violencia revolucionaria para la toma del poder por parte de las clases explotadas, sin embargo hasta ahora, la práctica histórica demuestra que sólo quienes han ejercido de manera consciente y organizada la violencia revolucionaria han realizado cambios radicales al derrocar las bases del sistema capitalista en favor de los obreros y campesinos. Los ejemplos y los referentes históricos son evidentes pese a sus detractores: la Revolución Socialista de Octubre y en su momento la Revolución Cubana, sólo por mencionar algunos. Y en ese sentido, la misma experiencia histórica demuestra que en la construcción del socialismo si no se tiene claro el papel del Partido Comunista como dirigente de la revolución, en su composición obrera, en los principios del marxismo-leninismo como el de la dictadura del proletariado y del mismo ejercicio de la violencia por parte del Estado revolucionario; la reacción contrataca y puede retomar el poder político y económico. Los comunistas no podemos seguir cometiendo los mismos errores en nuestro paso en la historia. Es deber de los revolucionarios no perder los principios de nuestras concepciones políticas e ideológicas que la misma realidad nos demuestra en la lucha de nuestros pueblos por su emancipación. Hoy cuando las contradicciones del sistema capitalista están más expuestas, cuando la clase obrera comienza a fortalecer su capacidad organizativa y política, la violencia revolucionaria se hace necesaria como un medio para arrebatar el poder a los monopolios y lograr una paz duradera sólo en el socialismo.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s