Una aproximación a la estrategia revolucionaria en Euskal Herria a comienzos de 2017

1. Introducción: una estrategia para nuestra realidad

Cuando situamos como eje del debate la cuestión de la estrategia nos encontramos ante un problema de enorme complejidad, que podríamos resolver desde lo abstracto con ciertas categorías y conceptos marxistas y algunas frases extraídas de los manuales soviéticos que, trasladadas mecánicamente a nuestra época, nos servirían para cubrir el expediente y decir que se debatió la cuestión, y además para decir que se debatió la cuestión desde el marxismo.

Sin embargo, plantear una aproximación a la estrategia para una organización revolucionaria desde el marxismo requiere situar distintos elementos pasados y presentes y, he aquí la cuestión central de la lucha de clases, en la medida de lo posible anticipar acontecimientos y tendencias históricas para poder transformar la sociedad. Esto es, ciertamente, muy arriesgado, porque la Historia, teniendo sus leyes, no está exenta de fenómenos que las interrumpen constantemente: en un momento de apogeo revolucionario y de avance o consolidación de las posiciones revolucionarias un golpe de estado, como instrumento del viejo poder no extinto, frena el avance y las tendencias históricas que se estaban desenvolviendo. Bien conocidos son los casos del Estado español en 1936 y de Chile en 1973. Los análisis que se hacían entonces, como los que recientemente se elaboraban sobre América Latina y que analizaban procesos que han finalizado de forma brusca con golpes de estado –caso de Honduras- o golpes de facto –casos de Paraguay, Brasil- no podían prever tal desarrollo de los acontecimientos, aunque la dinámica de golpes de estado, desde el fracasado en Venezuela en 2002, ha sido una constante en la región. Sin embargo, otras muchas cosas sí podían preverse, como las dificultades que iba a tener Alianza PAIS en el Ecuador para ganar las elecciones con mayoría suficiente como para no necesitar una segunda vuelta, pues al contexto golpista y de avance de las posiciones reaccionarias se sumaron las recientes derrotas electorales de Venezuela y Argentina. Ciertamente, Alianza PAIS quedó muy cerquita de volver a lograr la presidencia del Ecuador, pero los golpes de facto que han sufrido una serie de países, como ya hemos señalado, así como las victorias electorales en Venezuela y en Argentina de los proyectos burgueses más dependientes del imperialismo estadounidense, junto con las tendencias históricas propias del Ecuador, situaban el proyecto de Alianza PAIS, tras diez años de gobierno, no como la regla, sino como la excepción. Era, ciertamente, improbable su victoria con una mayoría en la primera vuelta que permitiese la continuidad del proyecto, y a la luz de los acontecimientos parece, igualmente, difícil su victoria en la segunda vuelta, aunque no imposible.

En su prefacio de 1892 a “la situación de la clase obrera en Inglaterra” Engels señalaba: “he puesto cuidado en no tachar del texto muchas profecías –entre ellas la de la inminente revolución social en Inglaterra-, inspiradas por mi ardor juvenil. No tengo la menor intención de presentar mi libro ni de presentarme a mí mismo como mejores de lo que entonces éramos. Lo admirable no es que muchas de estas profecías hayan fallado, sino el que tantas hayan resultado acertadas, y que la situación crítica de la industria inglesa a consecuencia de la competencia continental, y sobre todo de la norteamericana, situación predicha por mí en aquel entonces –aunque para un período demasiado próximo, ciertamente-, sea actualmente una realidad”.

Intentemos vislumbrar las tendencias históricas, intentemos aprovechar al máximo todo lo que el marxismo tiene de científico para intervenir en la realidad. Naturalmente, no es fácil atreverse a hacer predicciones, aunque abunden aquellas que tienen lugar desde la frivolidad: aquellas que acostumbramos a ver en los medios de comunicación al servicio de la burguesía, y que poco tienen de análisis real, material. Puede que la tesis más representativa de nuestra época sea aquella que teorizó sobre el fin de la historia en el mismo momento en el que en América Latina la rueda de la Historia, nunca detenía, cogía nuevo impulso. Bajar a la profundidad de los acontecimientos históricos, de la sociedad y de la lucha de clases entraña capacidad crítica y tiempo para la reflexión y exposición, tres elementos que escasean entre quienes se dicen expertas/os en esto o aquello en los distintos canales de comunicación. Frente a los planteamientos y análisis de la burguesía, repetidos y amplificados en sus medios de comunicación de masas, buscamos adentrarnos en la realidad sin engaños, sin adornos, sin falsas ilusiones ni esperanzas: la cruda realidad material, objetiva, en la que nos encontramos en la Euskal Herria de 2017

 

2. Contexto histórico: de Engels y Marx a la crisis orgánica del capital en el siglo XXI

En un planeta globalizado desde hace más de un siglo ninguna región es independiente al marco global. Ya en 1848 Engels y Marx señalaban en el Manifiesto del Partido Comunista que “la gran industria ha creado el mercado universal, preprado por el descubrimiento de América”. El desarrollo exponencial del capitalismo ha revelado aquella afirmación no sólo como cierta sino como premonitoria, en la medida en que es incomparable el grado de globalización actual con el que tenía lugar a mediados del siglo XIX.

Al tiempo, y frente a quienes señalan que Engels y Marx al vivir en el siglo XIX no pudieron analizar el capitalismo del siglo XXI es necesario hacer algunas consideraciones: Engels y Marx analizaron un modo de producción, el capitalista. En la medida en que hoy seguimos viviendo bajo un modo de producción capitalista el análisis marxista está plenamente vigente. Además, hay teorías que utilizan conceptos como neocapitalismo o neoliberalismo, entre otras ocurrencias. Estas teorías intentan disfrazar la realidad: el hecho de que seguimos viviendo bajo el capitalismo. Cuestión distinta es que, en cada lugar el capitalismo se concrete de una u otra forma, o agudice unos u otros rasgos en detrimento de otros. Pero no se trata, en realidad, de negar la dura realidad, que se acaba imponiendo y es denunciada desde estas teorías aunque eviten hablar del capitalismo: lo que tratan es de negar el marxismo, puesto que si hoy vivimos en el neoliberalismo, pueden afirmar, esto es algo que no vivieron Engels y Marx, y por lo tanto su análisis sería anacrónico.

La pequeña burguesía –especialmente la ligada a las universidades: esas importantes máquinas de reproducción de la ideología dominante- se encuentra en la necesidad de denunciar el capitalismo, pero tiene un miedo atroz al marxismo, a la impugnación de la sociedad capitalista y a la construcción del socialismo: en suma, la pequeña burguesía tiene pavor a que la clase trabajadora adquiera conciencia y tome el poder y, así, ponga fin a su posición, pues esta, aunque subordinada en el bloque burgués, es privilegiada frente a la clase trabajadora. Es por ello que algunas teorías, aunque critiquen al capitalismo, son amplificadas en la sociedad burguesa, especialmente cuando niegan la existencia y papel revolucionario de la clase trabajadora, dando cabida a estupideces tales como la concepción del precariado.

El análisis de Engels y Marx, lejos de estar viejo sitúa todos los elementos que rigen el mundo actual, la sociedad capitalista, la sociedad burguesa. En sus “palabras finales a la segunda edición alemana del primer tomo de El Capital” de 1873 Karl Marx señala:

“A partir de 1848, la producción capitalista se ha desarrollado rápidamente en Alemania, y en el presente está experimentando ya el pleno florecimiento especulativo”.

En El Capital conceptos como capital especulativo o capital financiero, que parecen actuales, están ya desembrozados. Engels y Marx representan el salto cualitativo de la economía política, el desarrollo hasta las últimas consecuencias de la economía clásica, algo que no podían llevar a cabo, ni pueden hoy asumir, quienes se encuentran encorsetadas/os bajo la dominación ideológica de la burguesía, pues la conclusión lógica del análisis marxista es la historicidad del modo de producción capitalista, y por tanto la incuestionable cuestión de que no puede ser eterno.

 

  • La coyuntura de nuestra época: la crisis orgánica del capitalismo y el fin del espacio para el reformismo; o la vigencia de la consigna “socialismo o barbarie”

La descripción que hace Karl Marx en sus “comentarios: mayo-octubre 1850” nos aporta claves para entender el momento histórico que estamos viviendo en la actualidad:

“Los años de 1843-45 fueron de prosperidad industrial y comercial, necesaria consecuencia de la casi ininterrumpida depresión industrial de 1837-42. Como es siempre el caso, la prosperidad rápidamente impulsa a la especulación. La especulación regularmente ocurre en períodos donde la sobreproducción está en pleno apogeo. Ésta provee a la sobreproducción con salidas de mercado de carácter temporal, mientras que las verdaderas causas precipitan el desenlace de la crisis e incrementan su fuerza. La crisis misma rompe primero en el campo de la especulación; sólo después hace lo propio impactando la producción. Lo que aparece ante el observador superficial como la causa de la crisis no es la sobreproducción sino el exceso de especulación, pero esto es simplemente un síntoma de la sobreproducción. La consecuente interrupción de la producción no aparece como una consecuencia de su previa exuberancia sino simplemente como un revés causado por el colapso de la especulación”.

Y así ocurrió en nuestra realidad: prosperidad, aunque no exenta de reveses, y especulación. Cuando estalló la crisis en agosto de 2007 se situaron todas las acusaciones sobre la especulación que habían llevado a cabo distintos agentes bancarios. Nada más lejos de la realidad: era la pura competitividad capitalista la que les había forzado a llegar hasta allí. Y, en cualquier caso, lo que había hecho la actividad especulativa era dar aire al capitalismo, cuya economía estaba quebrada desde principios de siglo: sólo en base al crédito pudo sostenerse la expansión económica entre los años 2002 y 2007. Hasta que fue imposible mantener por más tiempo la ficción. No ha sido, pues, la especulación la que ha detenido la producción, tal y como señala Marx en el escrito: la abundancia de la producción capitalista ha implosionado al no poder superar la propiedad privada. Las reglas de la sociedad burguesa, sus contradicciones intrínsecas, son las que, una vez más, han demolido toda su estructura.

Y desde entonces la clase trabajadora sufre de forma más descarnada qué es el capitalismo. Se acabaron las ilusiones: se acabó denunciar los salarios míseros de mil euros.

Ocurre que la crisis profundiza en los rasgos del capitalismo: su necesidad de depurarse para reiniciar el ciclo de producción lo lleva a su estado más puro. Y así vivimos la agudización de fenómenos como la concentración y centralización del capital, proletarización de la pequeña burguesía, pauperización de las condiciones de vida de la clase trabajadora… cuando el capital puede reproducir su tasa de ganancia de forma elevada puede comprar la paz social –frente a la movilización de la clase trabajadora, pues el capital no regala, nunca ha regalado, nada-. Pero cuando el capital no puede revertir la tendencia decreciente de la tasa de ganancia no tiene excedente con el que comprar la paz social, al contrario, necesita poner en marcha todos los mecanismos posibles y recurrir a la intervención del estado –tantas veces criticada- para recomponer la tasa de ganancia.

Así, desde que estallara la crisis hemos visto la participación del estado y su carácter inequívoco de clase: congelación y recorte de salarios; privatización de sectores públicos; recorte de derechos económicos: en suma, el estado burgués ha trabajado a fondo para desviar fondos de las rentas del trabajo a las rentas del capital.

Los llamados gobiernos populistas en América Latina puede que sean el mejor ejemplo del margen del capital para comprar la paz social y detener el movimiento popular: surgidos como respuesta del bloque popular al imperialismo estadounidense en su versión más descarnada, han sido durante una década gobiernos que han llevado a cabo profundas reformas favorables para los intereses materiales de la clase trabajadora.

Sin embargo, la crisis del capitalismo y, específicamente, el descenso de los precios del petróleo, ha provocado la caída de estos gobiernos que, en última instancia, no rompieron con el capitalismo y cuyas economías, dependientes, están más expuestas a los vaivenes de la economía internacional que aquellas economías que ocupan posiciones hegemónicas en la cadena imperialista. América Latina es simbólica en cuanto a las posibilidades del reformismo en la actualidad.

Vivimos, pues, una época de crisis. Este es el factor más importante y esencial para comprender el momento que estamos viviendo: la crisis sigue corroyendo los cimientos de la sociedad burguesa, aunque en apariencia esté superada.

La crisis orgánica del capitalismo, que comenzó a principios del siglo XX aunque no fue hasta 2007 cuando estalló, aún no se ha resuelto ni se puede resolver dentro del marco del capitalismo. La realidad internacional desmiente, una vez más, aquello que dicen los voceros de la burguesía: la crisis no es una cuestión de un partido político u otro –aunque haya partidos corrompidos hasta la médula-; no es una cuestión de banca buena o mala. La crisis no es una cuestión de intenciones.

En América ya hemos situado la cuestión, con los problemas de los gobiernos populistas para mantener su hegemonía. Apuntaremos, también, sobre la situación en los Estados Unidos. Y es que la victoria de Trump no es un hecho casual y sorprendente: la pugna no era entre Trump y Clinton, sino entre Trump y Sanders. El izquierdista Sanders aparecía como la posibilidad de que hubiese, si bien no un candidato bolchevique, sí un candidato que, en muchos aspectos, cuestiona las bases del capitalismo estadounidense. Una vez derrotado este último la clase trabajadora optó por castigar a un partido que la había desilusionado día tras día y optó por la que parecía, ciertamente, la mejor opción para volver a hacer grandes a los Estados Unidos de América, ya en una lógica de derrota de las posiciones de clase del bloque popular. No obstante, el eco de Sanders es, también al otro lado del océano, la muestra de cómo la ideología dominante se erosiona en momentos de crisis orgánica del capitalismo. Aprovechar el momento histórico es nuestra responsabilidad.

En Europa, es muestra de erosión en la dominación burguesa el surgimiento de opciones populistas, ya sean populistas de izquierdas o populistas de derecha: el auge del fascismo en el conjunto del continente es incuestionable. La fractura en el bloque burgués fue visible en Reino Unido con motivo del Brexit: la burguesía no tiene plan b frente a la crisis. Sólo la incapacidad de la izquierda evita mayores revueltas, rebeliones e intentos del poder por parte de la clase trabajadora, de punta a punta del continente: al otro lado, Grecia es un ejemplo dramático.

Este contexto nos permite extraer una serie de conclusiones: en primer lugar que los estallidos sociales, que en la actualidad parecen detenidos, volverán a producirse y lo harán con mayor virulencia que en la primera etapa de la crisis. En segundo lugar la pugna interburguesa, también en aparente calma, estallará. En tercer lugar se acrecentarán las contradicciones entre las clases sociales, pudiéndose profundizar en la pérdida de hegemonía por parte de las estructuras de dominación de la burguesía. En cuarto lugar la contradicción entre socialismo y barbarie alcanzará un nuevo punto álgido.

 

3. La situación en Hegoalde: la rendición política no pone fin a la lucha de clases, aunque la pueda contener temporalmente

Sabido es que el conflicto social no puede detenerse en ningún sentido: no se pueden detener las contradicciones del capitalismo; ni se puede detener la Historia, aunque se decrete su final. La lucha de clases es intrínseca a la sociedad burguesa, cuyos antagonismos no desaparecen aunque puedan ser amortiguados. Los pactos sociales, comprados por el capital para frenar la lucha de clases, tienen fecha de caducidad.

La descomposición programada de la izquierda abertzale no es un factor casual: se corresponde con el desarrollo de las fuerzas materiales que pugnaban en su seno mismo y que, finalizada la lucha armada –elemento de distorsión de las fuerzas internas-, han desembocado en la hegemonía de las posiciones que subordinan los elementos de la realidad material a una supuesta lucha por la independencia. Las posiciones marxistas que tenían lugar en su seno han sido, definitivamente, derrotadas, al imponerse la prevalencia de la ideología –la superestructura- sobre la impugnación del modo de producción –la infraestructura-.

La existencia de varias organizaciones, como la nuestra, muestra el fracaso del movimiento revolucionario en Euskal Herria, que ni siquiera es capaz, hoy por hoy, de tener una organización con significativa presencia y capacidad de influir en la lucha de clases.

Pero la estrategia Sortu es una estrategia limitada: limitada porque tiene lugar en una coyuntura en la que la burguesía necesita, objetivamente, aumentar las tasas de explotación sobre la clase trabajadora. Cada poco tiempo desde los medios de comunicación los voceros del capital señalan que la crisis ha finalizado, que se va a crecer en el Estado español o en Euskal Herria por encima del dos por ciento. Y sin embargo la realidad es que las condiciones de vida del pueblo son cada vez peores, y la conflictividad social, pese a carecer de referente político, lejos de disminuir comienza a repuntar tras el letargo de los años 2015 y 2016.

La evolución del paro en Euskal Herria, al que se suman unos índices cada vez mayores de pobreza, prostitución y consumo de heroína, enfrentan la realidad que nos quieren hacer creer: la situación en Euskal Herria es cada día peor. No es distinta la situación en el Estado español. Peor aún es Grecia.

El punto de partida de Euskal Herria, con un importante tejido industrial, al menos relativo frente a otras realidades socio-económicas, ha evitado que la crisis haya erosionado la sociedad de la forma en la que lo ha hecho más allá de nuestras fronteras, así como la posición en la cadena imperialista del Estado español ha evitado la degradación del bloque popular a los niveles de degradación de Grecia. Pero todo eso llegará: el índice de endeudamiento así como distintos indicadores económicos muestran que las condiciones materiales de la vida de la clase trabajadora en Euskal Herria van a empeorar durante los próximos meses… y el hecho de que la crisis, en Euskal Herria, tampoco puede resolverse dentro del marco de la sociedad burguesa y su modo de producción.

Han pasado diez años y la destrucción del empleo no ha vuelto aún a niveles anteriores a 2008, ni aún teniendo en cuenta las miles de personas, hijas e hijos de la clase trabajadora –clase que es la que sufre de forma más descarnada la crisis- que han abandonado el país. Sólo la organización y la movilización popular, en un proyecto por el socialismo, puede traer esperanzas al pueblo vasco. Ni la independencia –porque no nos encontramos ante un problema propio del Estado español- ni los pactos a los que puedan llegar PNV o Sortu con el Estado español van a poder disminuir la presión del capital y sus necesidades sobre la clase trabajadora vasca, aunque, coyunturalmente, y con unas buenas campañas de propaganda puedan desorientar a la clase trabajadora. Antes o después la realidad material se impondrá sobre las ilusiones.

 

4. Apuntes para una estrategia en Euskal Herria: nada es posible sin organización de clase

La reconversión de la izquierda abertzale a una organización reformista más, incrustada dentro del entramado institucional burgués es el hecho más significativo que pone fin a todo un ciclo de luchas y movilización en torno a la lucha por la independencia como principal eje gravitacional.

La realidad constata que es el factor de clase el factor determinante de las luchas sociales. En la medida en que la reivindicación del socialismo e incluso el cambio del vocabulario –perdiendo términos como pueblo trabajador vasco-, denotan el progresivo deterioro de las posiciones de clase en la izquierda abertzale que ha acabado, no podía ser de otra forma, por renunciar a los principios, puesto que la burguesía, disfrazada de independentista, de patriota, de europeísta, de militarista o de pacifista, la burguesía, se ponga el disfraz que se ponga, no deja de ser burguesía y de buscar, por un camino u otro, la reproducción ampliada del capital y su tasa de beneficio.

Con todo, en el seno de la izquierda abertzale confluían muchas sensibilidades, mucha experiencia. Todo ello no se puede destruir por decreto: el capital humano de la izquierda abertzale no se ha evaporado, pero es necesaria una organización capaz de construir un movimiento clasista –no sometido a la pequeña burguesía y que tenga como objetivo inequívoco el socialismo y la defensa incondicional de los intereses materiales de la clase trabajadora- puesto que, sin organización, se acabará perdiendo.

Esa es, hoy, la tarea a la que las/os revolucionarias/os nos enfrentamos en Euskal Herria: ser capaces de construir una organización de clase que ponga fin a la dispersión del patrimonio humano de la izquierda abertzale, que es el patrimonio no de quien quiere adentrarse en las instituciones del Estado y renunciar a la movilización y a la lucha popular, sino del pueblo en su histórica lucha por la emancipación.

Si no nos equivocamos en nuestro análisis la clase trabajadora volverá a las calles empujada por las condiciones de vida que impone la necesidad del capital. ¿Pero qué ocurrirá entonces? Sin organización la clase trabajadora no tiene elemento que oponer a la represión; sin organización la clase trabajadora no puede evitar los embistes del capital; sin organización la clase trabajadora no puede conquistar el poder político. Cuando se dice aquello de que “sólo el pueblo salva al pueblo” la verdad queda a medias: evidentemente, sólo el pueblo, en tanto clase trabajadora, puede salvarse a sí mismo. No será la burguesía quien salve al pueblo. Sin embargo, en la ecuación falta un segundo elemento: “sólo el pueblo organizado salva al pueblo”. Sin organización la clase trabajadora, subordinada en la realidad social y material a la burguesía no tiene nada que oponer frente al poder del estado y su violencia y represión. Y es claro que, siendo fundamental la organización, ni siquiera esta es garantía de ningún tipo y en ningún ámbito para la clase trabajadora: su construcción, desarrollo y dialéctica con las masas deben ser cuidadosamente planificadas, desarrolladas y evaluadas.

En este contexto de crisis orgánica del capital también se limita la posibilidad de alianzas. Este es un elemento esencial para poder desarrollar la lucha política en la actualidad: toda aquella estrategia que no tenga como objetivo la toma del poder por parte de la clase trabajadora rompe la unidad de la misma y abre la posibilidad de la movilización reaccionaria de las mismas; al tiempo que genera falsas ilusiones a la clase trabajadora y le promete un camino más fácil: en la actual coyuntura la agudización de las contradicciones crecientes del capital deja a la clase trabajadora sin alianzas posibles con el capital no monopolista, cuya tendencia histórica es a la desaparición o a preparar el terreno al fascismo para mantener su posición privilegiada.

Además, el proyecto de Sortu delimita el terreno de quienes se sitúan en el campo de la revolución y de quienes se sitúan en el campo del reformismo y la claudación. Y no es sólo Sortu: es la posición con respecto a Sortu la que está definiendo a una buena parte de la izquierda abertzale, caracterizada por su indefinición.

 

5. A modo de conclusión

Desde ciertos ámbitos que se reclaman herederos de la izquierda abertzale se llama a reconstruir la propia izquierda abertzale. Son incapaces de observar que son causas materiales las que dirimen el destino de las organizaciones. Por eso, porque analizábamos las cuestiones materiales, sabíamos que el papel de Syriza era el de la claudicación frente al capitalismo; por eso sabemos que ese, y no otro, es el papel de Podemos y de Izquierda Unida; por eso sabemos que ese, también, es el papel de Sortu. El desenlace de la izquierda abertzale no podía ser otro puesto que otro desenlace hubiese requerido otra realidad material: sostener lo contrario es caer en el idealismo. Quienes quieren volver a las viejas ideas, vencidas por la realidad, para decir que se pueden llevar a cabo de distinta forma es dar vueltas cual ratoncillo en una ruedecilla: así pueden pasar los siglos y los siglos, y es que no es una cuestión de ideas, sino de las fuerzas que están detrás de ellas.

Sostener, de igual manera, que nuestra organización, ya construida, mediante la expansión de sus ideas puede llevar a cabo la revolución es caer en el idealismo. Y esto es muy importante y hay que tenerlo en cuenta a la hora de militar. No son las ideas las que cambian la sociedad, sino las contradicciones objetivas que tienen lugar en su seno. Esto no invalida la necesidad de la organización, que es el elemento determinante para que se pueda llevar a cabo la revolución: lo único que hacemos con esta reflexión es acotar el terreno de la lucha de clases y el papel de las organizaciones en el mismo. Si no señalásemos esta cuestión podríamos caer en distintas desviaciones –idealistas aunque las disfrazásemos de sesudo marxismo, o movimentistas aunque las disfrazásemos de necesidad de organizar el movimiento en las calles- así como en la desesperanza al contemplar cómo, efectivamente, no son las ideas las que mueven el mundo, sino que el mundo es un reflejo de las ideas aunque estas últimas también contribuyan a la construcción del mismo.

Evidentemente, una organización con presencia social puede incidir en el movimiento: pero son las crisis orgánicas del capital los periodos, junto a otros momentos históricos excepcionales, los que abren la posibilidad de la crisis revolucionaria. Puede haber crisis sin organización, pero la clase trabajadora no la podrá dirigir en defensa de sus intereses y, en última instancia, no la podrá utilizar para hacerse con el poder: puede haber crisis sin organización, pero no crisis revolucionaria.

Construyamos, llevemos a cabo, la organización de nuestra clase: organicémonos como clase trabajadora, dotémonos del instrumento para la toma del poder, de la herramienta para la lucha de clases. De momento la Historia nos ha concedido diez años antes de implosionar: no sabemos cuánto tiempo más tenemos antes de que cambie, de forma dramática e irreversible, nuestra cotidianidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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