Socialismo y euro: crisis e incompatibilidad de intereses capital-trabajo (I)

En esta primera parte de “socialismo y euro: crisis e incompatibilidad de intereses capital-trabajo”, de Diego Farpón (militante de Herri Gorri) se pueden leer los siguientes puntos:

La Unión Europea: un imperialismo subordinado; y la necesidad del euro como herramienta para la acumulación capitalista.

Lo que se pretende es demostrar que, al igual que el estado no es reformable, el euro tampoco lo es.

La Unión Europea: un imperialismo subordinado

La Unión Europea es el resultado histórico del proyecto que, tras la II Guerra Mundial, plantearon los Estados Unidos de América en el conocido como “Plan Marshall”. Un proyecto que fue adoptado en 1947 por dieciséis países europeos y que, finalmente, sería formalizado y constituido en 1948 por dieciocho países que alumbraron la Organización Europea de Cooperación Económica. Este proyecto, lejos de ser un plan altruista para la reconstrucción europea, como considera el imaginario popular, es “una forma de disciplinamiento de los gobiernos europeos, de cara a su subordinación a la nueva potencia hegemónica que es Estados Unidos”[1]. ¿Por qué? Porque se trata de llevar a cabo una reconstrucción determinada de Europa, que sirva a los intereses del imperialismo estadounidense: no va a haber fondos estadounidenses para políticas que enfrenten los intereses estadounidenses. El Plan Marshall es, pues, la forma de dominar económicamente el continente europeo, reconstruyéndolo en función de los intereses estadounidenses, y de manera subordinada a los mismos.

En 1949 la constitución de la OTAN se revelaba como el brazo armado del imperialismo que pasaría a jugar un papel protagónico que mantiene hasta la actualidad –a pesar de las fricciones interimperialistas que tienen lugar en su seno-. Sin embargo, también tendría determinantes funciones económicas, y reemplazaría a la OECE a la hora de dirigir la reconstrucción europea.

Un organismo, la OTAN, que no tuvo inconveniente en llevar a cabo la guerra a Europa. El desmembramiento de Yugoslavia en la década de los noventa, donde nuevos estados, teóricamente independizados usarían –unos durante un breve espacio de tiempo, otros de forma permanente[2]– el marco alemán como moneda –caso de Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Kosovo, Eslovenia, Croacia- o como referencia de cambio –Serbia, Macedonia- fue ejemplificador de la reconstrucción europea que se había llevado a cabo desde hacía medio siglo. La destrucción del posible eje Belgrado-Moscú, una vez desaparecida la URSS, era fundamental para reducir la influencia y los viables apoyos de quienes cuestionaban de una u otra forma las políticas liberales en Europa así como para disciplinar a los distintos gobiernos y pueblos reticentes a las privatizaciones y liberalización de los mercados que exigía el imperialismo[3].

Las dudas sobre el carácter de la reconstrucción europea bajo la subordinación al imperialismo estadounidense habían quedado, en cualquier caso, resueltas en fechas tempranas, pues desde el mismo inicio de la institucionalización y oficialización de la reconstrucción “el carácter liberal de la UE queda patente en el propio Tratado de Roma [1957], que consagra la competencia capitalista y la desregulación de los mercados como los pilares de la integración europea”[4]. De esta manera las bases económicas que servirían para el desarrollo de Europa, así como su margen de maniobra, quedaban delimitados. Faltaba la cristalización, la forma en la que se llevaría a cabo la reconstrucción, los matices.

La necesidad del euro como herramienta para la acumulación capitalista

Sería a principios de los años noventa, ya en un mundo teóricamente unipolar según el pensamiento hegemónico –y desde una perspectiva eurocéntrica pues si la lucha de clases podía parecer controlada por la burguesía a nivel mundial en América Latina sólo de manera violenta estaba siendo contenida[5]– cuando la valoración de la situación económica que hace la Comisión Europea y la principal patronal -European Round Table- es compartida, y “las recomendaciones para reactivar la acumulación también son comunes, planteando la necesidad de reducir las rentas salariales tanto en lo relativo a su componente directo como en el diferido”. El euro será la herramienta.

“El proceso de implantación del ajuste salarial culmina con la moneda única: el euro se concibe como un instrumento para incrementar la tasa de explotación, de ahí que su funcionamiento, inherentemente, haya contribuido a la regresión salarial. La integración monetaria, estructurada en torno al Tratado de la Unión Europea (TUE), al BCE y al Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), ha requerido un escenario de disciplina fiscal y estabilidad monetaria y cambiaria que ha permitido articular la aplicación del ajuste salarial”[6].

La moneda única, en vigor desde 1999, entró en circulación en 2002, con el objetivo fundamental de asegurar la rentabilidad del capital, esto es, como herramienta de la clase dominante para asegurar la tasa creciente de explotación. Como no puede ser de otra manera, al tener intereses enfrentados e irreconciliables la clase trabajadora y la burguesía, el euro se constituye, de esta forma, no sólo como la herramienta que asegurará las condiciones materiales que exija la clase dominante, sino como herramienta contra las condiciones materiales de la clase trabajadora, en la medida en que estas puedan entorpecer la rentabilidad del capital. La realidad así lo ha demostrado: un débil crecimiento hasta el estallido de la crisis orgánica del capital, que ningún gobierno ha podido resolver en clave favorable para la clase trabajadora.

El problema, llegados a este punto, sería que aquellos países que no tienen el euro han transitado la crisis de la misma forma que los países de la eurozona. Por lo tanto, el problema de la moneda podría parecer secundario: no importa el euro porque todos los países han hecho recaer el peso de la crisis capitalista sobre la clase trabajadora, independientemente de que tuviesen una moneda u otra. Así, la decisión parece política y el euro neutral como moneda, con el cual podría ser posible cualquier política con la moneda común.

Sin embargo, el euro acota el margen de maniobra de los gobiernos en el terreno económico: el único objetivo del Banco Central Europeo es el de controlar la inflación –controlando la inflación conteniendo salarios y depauperando las condiciones de vida de la clase trabajadora para asegurar la rentabilidad del capital- y es un organismo que carece de control democrático por cuanto es independiente de los estados, a los que no puede financiar. De esta forma los estados no pueden presionar para que la política monetaria sea una u otra: simplemente están en manos del BCE y del euro. Pero la independencia política no existe, sea pregonada de una u otra forma y divulgada por unos u otros medios de comunicación: la política del BCE es la política de la clase dominante[7].

Desde que estalló la crisis orgánica del capitalismo y se agudizaron los rasgos del mismo o, lo que es lo mismo, desde que la tasa de ganancia comenzó los problemas para reproducirse de forma ampliada y revertir la tendencia decreciente de la misma, la estrategia del bloque dominante ha consistido en disminuir las rentas del trabajo en favor de las rentas del capital, recortando tanto el salario directo como el diferido, poniendo en marcha las políticas que contemplaban desde los años noventa[8].

 

[1] Arrizabalo, Xabier; Capitalismo y economía mundial, Instituto Marxista de Economía, Madrid, 2014, p. 299.

[2] De hecho, al desaparecer el marco alemán Kosovo y Montenegro, que todavía lo utilizaban, adoptaron el euro, aun cuando no son países miembros de la Unión Europea ni de la zona euro.

[3] Cada vez que se ponen de ejemplo los nuevos estados surgidos de la desmembración de Yugoslavia para afirmar que se puede lograr la autodeterminación y la independencia –ya sea por parte del PNV y, especialmente dañino para la clase trabajadora, por parte de la izquierda abertzale- lo que se pone de manifiesto es una incomprensión del fenómeno histórico y de la lucha de clases, así como un total sometimiento a las políticas imperialistas y a la explotación de la clase trabajadora vasca. Lo ocurrido en Yugoslavia es la destrucción de un estado en el que la clase trabajadora tenía unas determinadas conquistas para su sustitución por nuevos estados sometidos, directamente, a potencias extranjeras y al capital foráneo. Lo ocurrido en Yugoslavia es la antítesis de la emancipación y la independencia de la clase trabajadora.

[4] Del Rosal, Murillo; Acumulación y crisis en la zona euro.

[5] En Chile asesinato de Allende en 1973, en Argentina dictadura de Videla en 1976, en Ecuador asesinato de Roldós en 1981, en Colombia asesinato de Luis Carlos Galán en 1989, en Venezuela Caracazo -1989- y sublevaciones militares en 1992.

[6] Del Rosal, Murillo; op. cit.

[7] La propia Unión Europea está organizada de forma que la democracia no le pueda suponer un problema, pues la ciudadanía elige a quienes la van a representar en el Parlamento Europeo, pero no en la Comisión ni en el Consejo. Por supuesto, el Banco Central Europeo también carece de cualquier control democrático.

[8] Ya “en 1994 la Comisión Europea (CE) publica el Libro Blanco sobre la Competitividad, el Crecimiento y el Empleo, documento que define el modelo de crecimiento europeo mantenido durante las siguientes décadas. En este texto se reconoce que la reactivación de la acumulación, así como la atenuación de las tasas de desempleo que ésta conlleva, requiere la mejora de la ganancia, haciéndose “preciso garantizar una rentabilidad del capital suficiente para permitir un aumento de la tasa de inversión y, por tanto, del crecimiento” (CE, 1994: 27). Para alcanzar este objetivo, se propone la necesidad de “reducir notablemente los costes salariales, para recuperar aquellas actividades de mercado que actualmente no son competitivas” así como “reducir los demás costes que acarrea la contratación o mantenimiento de la mano de obra, por ejemplo, los relacionados con la seguridad social” (ibídem, 85). Y, más concretamente, se defiende que la recuperación de la acumulación y el empleo requiere el “mantenimiento de los incrementos de los salarios por hora por debajo del crecimiento de la productividad” (ibídem, 227). Asimismo, se deja claro en el documento que el ajuste salarial debe tener un carácter permanente, reclamando “la necesidad de seguir aplicando las políticas oportunas, tanto en el ámbito macroeconómico como en el estructural, una vez superada la recesión” (ibídem, 91). Y así ha quedado manifiesto en las recomendaciones de política económica que la CE ha emitido sobre los Estados miembros durante todo el periodo, defendiendo la necesidad de contener los salarios para recuperar la ganancia: “los incrementos salariales deberán mantenerse moderados (…) con el fin de permitir un restablecimiento de los márgenes de beneficio” (CE, 2003: 5)”, en Del Rosal, Murillo; op. cit.

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