Comprendiendo a la RPDC

Un repaso histórico sobre Corea y unas reflexiones a raíz del mismo.

Por el Dr. Robert Rennebohm.

Cuando se produce un conflicto entre dos partes, lo mejor es que cada una de ellas trate de entender y pensar desde el punto de vista de la otra, en lugar de recrearse únicamente en el pensamiento propio y perpetuar malentendidos con respecto a la opinión de la otra parte.

Cuando un médico se enfrenta a un problema, el primer paso es averiguar los orígenes del mismo. El segundo consiste en desarrollar las hipótesis generadas por esas pesquisas y analizar los resultados. El tercero, aplicar la solución más racional.

Comencemos por tomar un problema muy actual: Lo que ha ocurrido en la península de Corea durante más de un siglo, desde que Japón ocupara aquel territorio en 1871. Hacia 1905 Corea se había convertido en un protectorado nipón y cinco años más tarde era ya una colonia bajo el dominio del Sol Naciente.

Durante siglos, la estructura social de la península coreana había consistido en una minoría, pero privilegiada clase aristocrática, propietaria de casi todas las tierras, que gobernaba al resto del pueblo, formado por millones de campesinos.

En los años siguientes, Japón privilegió a esa clase “aristocrática”, proporcionándola medios financieros, terreno, esclavos y armas para dominar cualquier intento de rebeldía. Durante tres décadas, el pueblo coreano sufrió toda clase de atrocidades bajo el brutal y opresivo invasor y de sus “aristocráticos colaboracionistas” coreanos.

Durante esta despiadada ocupación japonesa, la lengua y la cultura de aquel pueblo fueron suprimidas. Los coreanos se vieron obligados a llevar en sus documentos apellidos nipones. Cualquier atisbo de resistencia era castigado de manera brutal.

Por ejemplo, durante el movimiento pacífico de protestas del 1º de marzo de 1919, la policía y el ejército japoneses mataron a 7.000 manifestantes. Una bestial represión que fue creciendo durante la década de 1930, después de que Japón invadiera Manchuria.

Durante la década de 1930, Japón y sus aristocráticos colaboracionistas internos sometieron al pueblo a trabajos forzados. Otros se vieron obligados a unirse al ejército nipón. Hasta 200.000 mujeres chinas y coreanas fueron obligadas a convertirse en esclavas sexuales para el ejército ocupante.

A mediados de los años treinta, Kim Il Sung se había convertido en el principal líder de la resistencia contra la ocupación de Corea y Manchuria.

Luego vino la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), después de la cual los nipones fueron expulsados ​​de aquellos territorios y la península coreana fue liberada. En 1945, los coreanos pudieron comenzar a planificar su propio gobierno, de acuerdo con las aspiraciones de aquella sociedad tan duramente castigada.

Kim Il Sung, que se inspiró en los conceptos e ideales del socialismo, tenía un enorme apoyo entre el pueblo, excepto, por supuesto, en el pequeño pero poderoso ámbito de la aristocracia traidora.

Independientemente del Movimiento armado y político de este líder rebelde, se encontraban los ‘Comités Populares’ que se desarrollaban en casi toda la península. Estas corporaciones eran grupos locales de trabajadores (obreros y campesinos) que se organizaban para dirigir fábricas y granjas en forma de cooperativas, que respetaban los derechos, la dignidad y la salud de todos.

El movimiento del Comité Popular representaba una alternativa al injusto sistema social que privilegiaba al tándem formado por la aristocracia y la clase empresarial.

Sin embargo, estas primeras esperanzas de crear una sociedad nueva, libre, independiente y justa, fueron aplastadas cuando los Estados Unidos y sus aliados, sin ninguna previa consulta al pueblo coreano (con excepción de los miembros de la alta y oportunista burguesía que colaboró descaradamente con Japón), dividiendo a Corea en dos partes, separadas por el famoso paralelo 38.

Los EEUU ocuparon el Sur, mientras que China y la Unión Soviética protegieron al líder del Norte y a sus millones de seguidores. Así, la ocupación japonesa fue sustituida por la ocupación de los Estados Unidos que inmediatemente instaló como líder del Sur al tipo más corrupto que encontraron entre los miembros de la “aristocracia”: un miserable personaje, sin ningún escrúpulo, llamado Syngman Rhee.

En 1948 la República de Corea (ROK) se estableció oficialmente, con Rhee en el timón. La Unión Soviética y China ratificaron su apoyo a Kim Il Sung, que se convertiría en el máximo líder de la República Popular Democrática de Corea (RPDC).

Entre 1945 y 1950, el régimen instaurado por Washington en la persona de Rhee llevó a cabo un reinado de terror contra los ‘Comités Populares’ que se habían desarrollado espontánea y autóctona en las zonas sureñas.

Las ideas sociales y los planes de estos comités representaban una enorme amenaza para el pensamiento capitalista y los planes de los Estados Unidos y la privilegiada élite empresarial de Corea del Sur.

Aunque estos Comités Populares no tenían nada que ver con Kim Il Sung, el comunismo chino o el comunismo soviético, los Estados Unidos consideraban que estos comités eran ‘comunistas’ que debían ser erradicados.

Los trabajadores de fábrica que participaron en el movimiento del Comité Popular fueron aterrorizados, a menudo asesinados o ejecutados.

El reinado del terror conducido por Rhee, siempe bajo el paraguas de la Casa Blanca, se ejemplifica de forma nítida en la insurrección de Cheju en 1948-49. Cheju es una isla de la costa sur de la península coreana. En 1945 había unas 300.000 personas que vivían en aquel territorio. Aproximadamente dos tercios de estos 300.000 mantenían una ideología de corte progresista, de la hoy llamada “izquierda moderada”.

Una gran mayoría del pueblo Cheju favoreció el desarrollo del movimiento del Comité Popular, como una forma de organizar la vida social y laboral en la isla, lo que el régimen de EEUU-Rhee vio como una amenaza para sus intereses.

La fuerza policial en la isla estaba poblada y controlada por esa dictadura y deliberadamente lanzó contra aquellos cooperativistas a un ejército de ultras que se encargaría de aterrorizar a la población, acabando con todos los comités populares.

Todo ello contó con la venia de Washington, que echó una mano a Rhee para desarrollar una Corporación de la Contra-Inteligencia (CIC) y un llamado Cuerpo de la Juventud del Noroeste de la derecha (NWY), que era un grupo fascista.

El CIC y el NWY fueron movilizados para aterrorizar y ‘reorientar’ a los partidarios del movimiento del Comité Popular. Aquellos que se resistieron a la ‘reorientación’ fueron asesinados, por lo general brutalmente.

Según la información recibida, el NWY “destripó a mujeres embarazadas, clavó sus bayonetas en los cuerpos de los bebés, incendió las casas de la gente y sacó los cerebros de los rebeldes esparciéndolos en el suelo”.

Cientos de mujeres fueron violadas en serie, a menudo frente a los aldeanos y luego, después de introducirlas una granada en la vagina y arrancaron la anilla que provoca la explosión”.

Estas y otras muchas atrocidades ocurrieron con el pleno conocimiento del gobierno y el presidente de los EE.UU., ya que formaban parte de una campaña deliberada de terror contra el movimiento de los Comités Populares.

Es comprensible que en 1948 los pobladores de la isla de Cheju se levantaran para resistir esta violencia patológica. Se rebelaron, principalmente contra la policía. El régimen de USA / Rhee respondió con una masiva campaña de contrainsurgencia, incluso utilizando a los derrotados oficiales y soldados japoneses para ayudar a aplastar a los insurgentes.

Las aldeas fueron indiscriminadamente quemadas y destruidas; miles de civiles fueron masacrados. En agosto de 1949, el movimiento Comité Popular había sido eliminado para deleite de los gobiernos de EEUU y Corea del Sur.

Más del 70% de los pueblos de la isla habían sido arrasados. Se calcula que entre 30.000 y 60.000 isleños murieron, muchos de ellos asesinados a sangre fría, provocando un éxodo de 40.000 isleños que huyeron del país.

Después de la derrota del Comité Popular, la Isla de Cheju fue “ocupada” por los fascistas del CIC y el NWY, quienes continuaron tratando a los isleños restantes con notable desprecio y crueldad.

Este reinado de terror, dirigido por Estados Unidos (a través de Corea del Sur, no sólo en la isla de Cheju) tuvo lugar entre 1945 y 1949, antes de que comenzara la Guerra de Corea (en 1950).

Durante ese siniestro período, alrededor de 100.000 personas de Corea del Sur (en su mayoría personas de izquierda de pensamiento progresista) fueron asesinadas por las fuerzas USA / Rhee.

Eso nos lleva a 1950, cuando comenzó la Guerra de Corea. Ese año, todo el sur de la península estaba controlado por el gobierno de EEUU y las mesnadas de Syngman Rhee. La mayoría de los líderes de Corea del Sur eran antiguos colaboradores de Japón.

De hecho, en 1950, los Estados Unidos habían alistado al Japón como aliado en su guerra contra la RPDC. Tras haber eliminado al movimiento del Comité Popular, era el momento de acabar con los ‘comunistas’ del Norte, dirigidos por Kim Il Sung.

No se sabe con certeza quien hizo el primer disparo y de dónde partió la primera bala, pero nada más comenzar aquel año de 1950, la fuerza militar y popular de la RPDC era muy superior a la del Sur.

Esto alarmó a los Estados Unidos, cuyo gobierno impulsó el envío de tropas estadounidenses a aquella península, para “salvar heroicamente al pueblo coreano (y al resto de Asia) del comunismo”.

Una vez que el Imperio entró en la Guerra de Corea, su objetivo no fue otro que arrasar completamente el norte de aquel país. El gobierno de Truman había decidido atacar sin importarle la muerte de los civiles que cayeran en el conflicto.

Así, los estadounidenses lanzaron 32.000 toneladas de napalm sobre el pueblo norcoreano. Ciudades enteras fueron destruidas. El 75% de Pyongyang fue afectado por aquellos artefactos de muerte. Incluso se barajó la posibilidad de repetir los atentados nucleares de Hiroshima y Nagasaki en el norte de Corea.

Truman, deliberadamente, ordenó el envío de varios bombarderos B-29 que sobrevolaron el norte del país arrrojando bombas de TNT, para que los habitantes creyeran que eran “pequeñas bombas atómicas” y provocar una masiva huida de aquella región.

Cada vez que caía una bomba, los norcoreanos no estaban seguros de si esos aviones estaban a punto de dejar caer de sus panzas un arma de destrucción atómica y letal.

Truman podría haber logrado sus propósitos, de no ser por la intervención de Mao Tse Tung. El líder chino no estaba dispuesto a semejante atropello y en 1953 se firmó un Acuerdo de Armisticio, para poner fin a las hostilidades y crear un zona desmilitarizada que aún persiste.

Este alto el fuego sólo representaba un acuerdo de cesación de las hostilidades, no un tratado de paz o un fin oficial de la guerra, porque la guerra de Corea nunca se terminó oficialmente. Ha continuado en un estado de suspenso desde entonces.

Los Estados Unidos lo han preferido de esa manera, porque así justifican las numerosas bases militares en el Sur y permite que Washington tilde continuamente, desde hace 64 años, como “amenaza existencial” a la castigada RPDC.

Hoy resulta de un sarcasmo feroz que los gobiernos de EEUU y Corea del Sur permitan que se haya continuado enviando B-29, aunque de manera intermitente, como amenaza atómica hacia el Norte, pero obviamente sin dejar caer bombas, ni siquiera ficticias, para recordar a los habitantes de la RPDC que EE.UU. podría aniquilar ese territorio cuando le viniera en gana.

Por ello, resulta lógico que la RPDC nunca haya podido relajarse en este sentido. Tiene la obligación de permanecer vigilante. Ha sentido la necesidad primaria de desarrollar una protección acorde con el el armamento del enemigo norteamericano.

Después de lo dicho, si es preciso, podemos plantearnos la cuestión de quiénes son los ‘buenos’ y quiénes los ‘malos’. Según los Estados Unidos, las personas que se sentían atraídas por el movimiento del Comité Popular eran peligrosos, tanto que necesitaban ser aterrorizados y asesinados por miles.

Según los EE.UU., los ‘comunistas’ de la RPDC eran los malos, entre ellos Kim Il Sung, que había dirigido la resistencia contra el despiadado reinado de terror japonés (1910-1939).

Según los Estados Unidos, Rhee era un buen tipo, al igual que cualquier miembro de la élite surcoreana, financiera y políticamente poderosa, la mayoría de los cuales habían colaborado con los japoneses durante la brutal ocupación de Corea y Manchuria por parte de Japón.

Según los Estados Unidos, la despiadada CIC y el movimiento neofascista NWY eran los buenos en la isla de Cheju.

Visto lo cual, es más que comprensible que el pueblo norcoreano, que apoyó a Kim Il Sung y a sus sucesores, no crea que los Estados Unidos son los buenos en esta sangrienta historia. Es más natural que teman y desconfían del imperio yanqui.

Hoy en día, el pueblo estadounidense (y el europeo) asumen (como lo hicieron en 1950) que Estados Unidos estaba en el lado “correcto” en aquella guerra y en todas las que ha emprendido desde entonces.

Y por consiguiente, asumen que la RPDC era (en 1950) un imperio malvado y lo sigue siendo con Kim Jong-Un. Según la “comprensión” made in USA, la RPDC es uno de los países más malvados, si no el más siniestro, de la tierra.

Se la señala como una dictadura despiadada, en la que no hay libertades, ni derechos humanos, sino sufrimiento, hambre, miedo, tortura y muerte (para los que disienten).

La percepción es que la adoración del pueblo coreano de Kim Jong Un (y su padre y abuelo) se debe únicamente al lavado de cerebro, al miedo, al engaño o combinaciones varias sobre el temor. Los medios periodísticos difunden la idea de que Kim Jong Un es poco menos que un enloquecido psicópata y representa una amenaza existencial para los Estados Unidos.

Si intentáramos pensar, siquiera por diez minutos, desde el punto de vista opuesto, es decir, desde la mentalidad de un coreano que vive en el Norte, es probable que concluyamos que en lugar de emprender una guerra nuclear para aniquilar al pueblo norcoreano, los Estados Unidos deberían, por lo menos, examinar críticamente su comportamiento militar durante los últimos 72 años.

Por lo menos, el pueblo estadounidense debería considerar otra hipótesis sobre la RPDC que difiera de una narrativa oficial, que han aceptado como verídica.

Debería considerar, por ejemplo, que tal vez, de alguna manera, el pueblo norcoreano, como grupo, ha comprendido profundamente y tiene en gran aprecio el concepto del “deber natural” que defendieron José Martí, Che Guevara y Víctor Hugo, algo que la mayoría de los estadounidenses  desconoce porque jamás lo han sentido.

En el corazón de la filosofía social de José Martí, Che Guevara y Víctor Hugo está plasmada la idea de que el ‘verdadero objetivo en la vida’ es seguir el camino del Deber Natural y que las mayores satisfacciones en la vida provienen de seguir ese camino -de ‘estar en el Deber’, estar disponible y ser capaz de ayudar a nuestros semejantes.

Por ‘Deber’, Martí, Guevara y Hugo entendían un Deber médico, no un deber arriesgado y culpable, sino un regocijante deber natural.

Ellos sugirieron que celebremos y disfrutemos el hecho de que una gran parte de la Naturaleza Humana anhela una capacidad natural y libre de fluir, conduciendo al deseo de seguir el camino del Deber Natural, el camino de cuidar a los demás.

Los buenos médicos regularmente ponen en práctica la edificante postura de mantenerse atentos, de estar en guardia.

Los buenos galenos aprecian el privilegio de ser entrenados y se que se les dé la oportunidad de demostrar cómo se debe vigilar la salud.

Los buenos doctores no están motivados por un sentido de obligación dominado por el dinero, que impuesto desde dentro y o por fuera, ‘les obligue’ a ayudar a los pacientes-

Los buenos médicos están naturalmente inclinados a ayudar a los pacientes por mera solidaridad. Forma parte del flujo natural de sus corazones, mentes y vidas.

La experiencia de estar de servicio aporta significado y satisfacción a sus vidas, y aprecian que la Medicina les haya brindado la oportunidad de practicar lo mejor de su naturaleza humana.

Tal vez el pueblo norcoreano haya recogido ese mismo concepto, que le ha llevado a  entender y practicarlo de manera espontánea.

Tal vez estén consagrados voluntariamente al ideario Martí-Guevara-Hugo, porque han reconocido que la participación en tal Deber es la experiencia más satisfactoria en la vida.

Tal vez el pueblo norcoreano haya comprendido el concepto del Deber Natural en un grado mayor y más amplio que cualquier sociedad en la Tierra, tal vez incluso en la Historia.

Tal vez el pueblo norcoreano haya descubierto de algún modo que la participación en la construcción de su patria consiste en defender unos sistemas públicos gratuitos de atención de la salud, educación y economía sostenible, diseñados para satisfacer las necesidades humanas.

Tal vez el pueblo norcoreano, incluyendo sus líderes, se han concentrado en crear grandes oportunidades para que la gente descubra y practique el verdadero objetivo de la vida, que es la devoción al Deber Natural, la devoción al cuidado de los demás y han encontrado que esto es mucho más placentero para la vida, individual y colectiva, que convertirse en empresarios o ser explotados por patrones y jefazos.

Tal vez los norcoreanos, cada uno a su manera, han aprendido a apreciar ‘mantenerse en guardia’, de la misma manera que la práctica totalidad de los médicos y enfermeras han aprendido lo edificante y satisfactorio que resulta ayudar a otros seres humanos.

Tal vez los norcoreanos hayan descubierto lo que los Comités del Pueblo de Cheju entendieron de manera intuitiva que es más satisfactorio cuidar el uno del otro que cuidarse uno mismo, que se duerme con más serenidad tras haber recorrido el camino del Deber Natural, que es más agradable que seguir la senda del interés propio.

Qué hermoso imaginar a esa sociedad del Norte de la Península de Corea, formada por personas que comprenden y practican con entusiasmo el concepto del Deber Natural (de ‘estar en guardia y de guardia’) sugerido por José, Ernesto y Víctor y ejemplificado por tantos y tantas trabajadores/as de la sanidad, la educación, la cultura, la enseñanza, durante muchas décadas.

Tal vez, cuando se vea a la gente de la RPDC en manifestaciones masivas de homenaje a sus líderes, sean capaces todos los pueblos del mundo, de pensar que esas personas están rindiendo su más profundo homenaje y agradecimiento a quienes les han enseñado la belleza del Deber Natural.

Tal vez es que consideran que su líder es incluso un símbolo, con el que ese compromiso hacia los demás está asegurado para las nuevas generaciones.

Tal vez aprecian particularmente el hecho de que Kim Il Sung, arriesgando su vida durante decenios para resistir las brutales ocupaciones japonesas y norteamericanas, procedió a desarrollar una sociedad que se basa en el Deber Natural y su pueblo la puso en práctica.

Tal vez aprecian el compromiso de Kim Jong Un de proteger y perpetuar esa sociedad.  Tal vez el pueblo norcoreano se sienta maravillosamente libre, precisamente por su comprensión y práctica del deber natural.

Tal vez esa comprensión ha dado como resultado que sean personas tan auto-motivadas y altruistas como nuestros mejores médicos, enfermeras y maestros -que no necesitan que se les diga o se les obligue a hacer lo que sus inclinaciones naturales y solidaridad natural les guían a hacer.

Tal vez, la RPDC sea por tanto la sociedad más libre, amorosa, compasiva, entusiasta y emocionalmente sana de la Tierra.

Y, quizás también, el pueblo norcoreano tenga motivos para recelar de los Estados Unidos, porque sabe que si pudieran les aniquilarían sin piedad, como lo intentaron durante los años de la Guerra de 1950-53.

Tal vez los norcoreanos teman que los fascistas dirigidos desde Estados Unidos, como hicieron las mesnadas del CIC y el NWY en la isla de Cheju, violen en serie a sus mujeres y luego las exploten con granadas en sus vaginas.

Después de todo, los EE.UU. han cometido crímenes tan atroces en todas sus guerras e invasiones. Y ahora, un Comandante en Jefe racista, como el ignorante y xenófobo Comandante en Jefe Americano durante la Guerra de Corea, amenaza con atacar a la RPDC ‘con fuego y furia como el mundo nunca había visto’.

La República del Norte no olvida sus sufrimientos en la guerra y tiene presente las amenaza de otra nueva. Por ello, ambos escenarios merecen un elemento de disuasión nuclear, porque es la única manera de protegerse de esa crueldad que Estados Unidos ha exhibido muchas veces, no sólo antes y durante la Guerra de Corea, sino en decenas de naciones.

La hipótesis norteamericana es que la RPDC es la sociedad más malvada y opresora de la tierra, dirigida por un dictador despiadado.

¿Qué hipótesis está más cerca de la verdad? ¿Qué país representa hoy la mayor amenaza para la humanidad y el medio ambiente?

¿Qué personas entienden el verdadero objetivo de la vida? ¿Qué personas tienen la mejor comprensión del deber natural y la importancia de él? ¿Qué país está en el buen camino?

¿Tal vez la hipótesis norteamericana esté más cerca de la verdad?. ¿Tal vez la historia de Corea antes mencionada es inexacta?. ¿Acaso la verdad está en algún lugar entre estas dos hipótesis y entre la historia anterior y la narrativa estadounidense aceptada?.

Un buen médico no prescribe quimioterapia peligrosa ‘para el cáncer’ sin antes probar la hipótesis de que el paciente realmente tiene cáncer. Eso sería negligencia. Y, sin embargo, Estados Unidos está amenazando con un ataque nuclear al presunto ‘cáncer’ norcoreano, sin siquiera plantearse seriamente todo lo que hicieron en aquel país.

En lugar de lanzar bombas nucleares sobre la RPDC, ¿no deberíamos, primero, estudiar esa historia y debatir las hipótesis anteriores? Eso es lo que hacen los médicos. Así es como los especialistas en medicina corrigen sus errores y evitan cometer más equivocaciones.

El pueblo estadounidense tiene muchas deudas con el mundo y una especialmente con la RPDC, con la Humanidad y con este planeta del sistema solar.

El pueblo de EEUU tiene el deber de conocer la historia completa de la Guerra de Corea y detenerse a pensar, siquiera diez minutos, como un ciudadano de la RPDC, en lugar de aferrarse al punto de vista americano y perpetuar las aberraciones que se dicen sobre ese país del Norte de la Península.

Nota.– Este análisis se basa fundamentalmente en el excelente libro del profesor universitario Bruce Cumings titulado “La Guerra de Corea: Una historia” publicado por Modern Library en 2011.

Original en

https://tenacarlos.wordpress.com/2017/08/25/comprendiendo-a-la-rpdc-un-analisis-de-dr-robert-rennebohm/

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