LA JUVENTUD EN UNA ENCRUCIJADA

La juventud se mantiene en un 40% de desempleo. Si cerramos la horquilla y la limitamos a los 25 años, el paro llega al 57%. De las y los que tienen la “suerte” de encontrar un empleo, la temporalidad y el contrato a tiempo parcial, alcanzan en 70% y, trabajar más horas de las estipuladas, está a la orden del día.

Una juventud con una sobreformación, para un sistema económico dominado por un sector servicios de baja cualificación, en el que las altas cifras de desempleo, presionan a la baja salarios y derechos laborales.

Lo que en primer término debemos precisar, es la situación de anomia vigente entre amplios sectores de la juventud, que no encuentran los cauces normalizados de vida de las generaciones precedentes, de estudiar, trabajar y estabilizar una vida digna, con un salario que reproduzca las condiciones materiales de existencia. El acomodamiento o el conformismo como opciones de integración al sistema aspirando a ser “clase media”, no es ya ni opción viable para la mayoría de la juventud, lo que conduce a un cuestionamiento del modelo que incumple incluso sus propias premisas ideológicamente normalizadas.

Decíamos anomia, como ruptura de las expectativas sociales y personales, por las transformaciones del propio sistema, con graves repercusiones sociales y políticas, pues de momento, sólo sectores minoritarios de la juventud proletaria están asumiendo una conciencia política que caracterice su situación, como grupo del proletariado sobre-explotado y precarizado y se organice con el objetivo de transformar las condiciones sociales, económicas y políticas que producen y reproducen su situación.

La lumpen-proletarización es uno de los fenómenos más preocupantes, ya que el recurso a las drogas y a actividades “evasivas”, unido  al desclasamiento provocado por la ruptura de la cultura del trabajo como mecanismo de integración social, generan condiciones para cronificar la pobreza, la marginalidad y un “sálvese quien pueda”, ante el cual el Régimen sólo dará soluciones represivas e ingresos mínimos vitales, como mecanismos de contención social.

Desde la crisis del 2008, la juventud ha sido el sector del proletariado que de manera más brutal ha sufrido el impacto de la ofensiva del capital y del bloque en el poder, instrumentalizándola como fuerza de trabajo precaria en el proceso de devaluación salarial, con unos salarios conscientemente determinados por debajo del valor de la reproducción de la fuerza de trabajo.

Queremos insistir, ya que muchas veces se pierde la perspectiva, en que la juventud es un grupo del proletariado, con problemáticas que le son propias y específicas como “juventud”, pero explotada y oprimida por el capitalismo heteropatriarcal, como el resto de la clase. El aislamiento de la juventud y la ruptura intergeneracional, es uno de los recursos por parte del bloque en el poder para fragmentar al proletariado. Un aislamiento que ha sido reforzado mediáticamente, criminalizando a la juventud por los rebrotes de la COVID-19, buscando la excepcionalidad de algunas y algunos irresponsables, mientras todas y todos viajábamos del trabajo a casa y de casa al trabajo en medios de transporte públicos atestados y se mantenía a nuestras y nuestros mayores en residencias-almacén privadas y concertadas, a su suerte.  

La precarización no sólo tiene efectos directamente económicos de aumento de la explotación, sino que también implica fragmentar al proletariado, generando contradicciones en los mismos centros de trabajo y entre diferentes sectores de actividad, entre “privilegiados” y los “dispuestos a venderse” por salarios más bajos y peores condiciones.

La unidad del proletariado, para que no sea una consigna vacua, requiere el previo reconocimiento de las diferentes fracciones y grupos que constituyen al proletariado real, y no “El Proletariado” como significante abstracto. La unidad del proletariado sólo es efectiva en torno a un programa político en torno al que organizarse, y sobre la base de ese programa político, podrá ser afirmada la independencia de clase y la posibilidad de armar un bloque socio-político con capacidad de quebrar al Régimen del 78.

Sin la derogación de las reformas laborales que establecen el marco legal para la precariedad laboral y la pérdida de derechos laborales y salariales, el debate sobre la “sostenibilidad” del sistema de pensiones será pura charlatanería, pues sin los salarios y las cotizaciones del presente, no habrá pensiones del futuro. Sirva como ejemplo de las implicaciones que tiene la solidaridad intergeneracional de clase.

Se impone la necesidad de crear sujetos políticos en los que jóvenes, no tan jóvenes y veteranos y veteranas, confluyan en torno a un programa político, con el objetivo real de acumular fuerzas y transformar las correlaciones de fuerzas.  No caben glorificaciones a la juventud, pues ser joven es serlo con virtudes y defectos, ni actitudes paternalistas y condescendientes, pues ser joven a lo sumo es carecer de trayectoria militante, lo que a veces incluso es una ventaja. La juventud proletaria organizada, aún preservando los modelos de militancia, de vivir y sentir la política y el cambio como “jóvenes”, deben construirse como sujeto político con capacidad de interpelar a otros sectores “no tan jóvenes” y de ser interpelados por estos, con el objetivo de asentar las bases de la unidad  y la independencia de clase.

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